03 marzo 2012


EVALUACION DEL DESEMPEÑO DOCENTE EN LA EDUCACION  PRIMARIA Y SECUNDARIA.

            En la sociedad actual se han ido produciendo y exigiendo, de forma bastante acelerada, una serie de transformaciones sociales, culturales y económicas para responder a los requerimientos de los nuevos tiempos. En este sentido, el mundo de la educación ha sido una de las áreas más trastocadas y cuestionadas por su evidente falta de plasticidad para acomodarse y responder a las necesidades de formación de la sociedad.
            En un par de décadas nos hemos visto envueltos en una sociedad muy dinámica, ágil, diversa, consumista, desechable y exigente de efectividad y respuesta inmediata, lo que de alguna manera  ha impuesto la cultura de la evaluación por doquier. Ésta se ha transformado, en general, en un acto cotidiano al que constantemente nos vemos sometidos, a raíz de los sostenibles niveles de exigencias de eficacia y rapidez hacia el desenvolvimiento personal, profesional e institucional que se nos impone socialmente.
            En educación, igualmente envuelta en este fenómeno de evaluación constante, aun cuando históricamente el instrumento de medición ha sido este mismo proceso , focalizado exclusivamente en los aprendizajes de los estudiantes, ha extrapolado hacia otras dimensiones del hacer educativo.   
            Ya se ha evidenciado cómo los sistemas evaluativos han ido evolucionando, sufriendo variaciones que han decantado en la concepción de que la evaluación educativa no una medición de niveles o categorizaciones, sino un medio para recoger información relevante que promueva el aprendizaje y el mejoramiento continuo de las personas, los procesos y las instituciones. En un sentido amplio la evaluación debe estar al servicio del desarrollo de un sentido de responsabilidad compartida por la educación como bien público. Debe promover el compromiso con la educación de todos los actores, cada uno según su lugar y ámbito de acción (Bolívar, 2008).
Desde hace más de una década aproximadamente, quienes nos desenvolvemos en este mundo, nos hemos visto envueltos una y otra vez, desde distintos ámbitos a evaluaciones que en principio han sido difícil de digerir, entender y aceptar, ya que como decíamos antes, este proceso era propio de quienes tiene la categoría de estudiante. De esta forma, hoy nos debemos enfrenta a evaluaciones institucionales, directivas, docentes, de programas educativos, extra programáticos, entre otras no menos importantes, con el fin de propender al mejoramiento de la calidad de la educativa desde todos sus ejes.
            En este sentido, consideramos que la piedra angular de todo este andamiaje es el desempeño que cada docente desarrollo al interior de su aula, donde está el corazón de la formación.  Creemos que si los procesos de enseñanza y aprendizaje que implementan los docentes son de calidad, lo serán también por añadidura, las instituciones, los programas formativos y todo lo que sobreviene de ello. Por esto coincidimos con Bolívar (2008) quien manifiesta que hemos de repensar cómo se puede garantizar el derecho a una buena educación para todos si no hay arbitrados dispositivos para que escuelas y profesorado den cuentas (a sí mismos, a la comunidad o a la administración) de la educación ofrecida.
            A partir de esto es que los docentes debemos hacernos cargo de la relevancia de mantener ciertos niveles de efectividad en nuestra labor que otorgue sustento a un desempeño de calidad, y que así como evaluamos es pertinente también ser evaluados.
La experiencia ha evidenciado lo complejo de esto, pero sin embargo insistimos que es indispensable llegar a institucionalizar procesos consensuados de evaluación formativa de desempeño docente en el aula,  en los que primen objetivos claros, orientados al mejoramiento de las prácticas profesionales, de los aprendizajes de los alumnos y la mejora institucional.

En términos prácticos, existen a disposición una serie estrategias evaluativas que se pueden implementar, pero creemos que es muy pertinente el método de evaluación de la observación de aula en la que participen docentes, docentes directivos y los propios alumnos, de tal forma de reunir información multivisional para obtener opiniones de varios estamentos que enriquezcan el proceso, a través de la triangulación de la misma.
            En este proceso, los instrumentos de recogida de información pueden ser múltiples. Desde nuestro punto de vista sugerimos que puede ser muy adecuada la aplicación de una pauta de observación directa en aula con apoyo de algún recurso audiovisual como soporte evidencial para un posterior análisis.
En dicha pauta debe ser adecuada al nivel educativo de desempeño de los docentes, a quienes serán las personas que lo aplicarán y al contexto en que se realizará.
Por otro lado, es menester reiterar que como esta evaluación tiene un carácter formativo, es conveniente recomendar que los focos de atención se  centren en aquellas dimensiones y criterios que la escuela desee privilegiar en un momento determiando y no se intente abarcar de una vez todos los aspectos deseables que circunda una buena  práctica pedagógica.
            Según lo anterior, se sugiere que un instrumento de este tipo considere, como mínimo,  dimensiones e indicadores que tales como:

a.       DIMENSION
Planificación y organización de la enseñanza.
INDICADORES
-          Inicio y finalización de la clase según horario establecido.
-          Control de asistencia.
-          Coherencia secuencial de contenidos acorde a la programación plan de asignatura.
-          Organización de los alumnos para el trabajo según las actividades propuestas.
-          Claridad de la propuesta metodológica de la clase.

b.       DIMENSIÓN
Proceso enseñanza – aprendizaje.

INDICADORES
-          Comunicación de objetivos y metodologías de trabajo al inicio de la clase.
-          Conexión de contenidos con los de la clase anterior.
-          Retroalimentación permanente y positiva.
-          Consideración de conocimientos y experiencias previas de los estudiantes.
-          Dominio de los contenidos que enseña y competencias que desarrolla.
-          Fomento del desarrollo de competencias cognitivas, actitudinales y procedimentales.
-          Contextualización del proceso.
-          Promoción de la participación en clases.
-          Clima de trabajo que propicia aprendizajes, equidad, confianza, solidaridad, respeto.
-          Establecimiento de normas de convivencia.
-          Utilización de recursos didácticos y tecnológicos.
-          Utilización de estrategias metodológicas motivadoras.
-          Coherencia objetivos/actividades de clases.
-          Evaluación formativa permanente.
-          Estrategias de evaluación coherentes.
-          Cierre de clase.

c.       DIMENSION
Habilidades comunicacionales.

INDICADORES
-          Lenguaje y vocabulario apropiado y comprensible para el nivel.
-          Comunicación clara de instrucciones para el desarrollo de actividades.
-          Vinculación respetuosa y democrática con los estudiantes.
-          Empatía con los estudiantes.
          De igual manera, es necesario considerar algunos factores relevantes en el desempeño docente, que según el estudio realizado por Gutiérrez Cabrera (2010) influyen directamente en la calidad de la enseñanza. Estos son:

-          Aptitudes y habilidades docentes.
-          Métodos de planeación y estrategias didácticas.
-          Métodos y técnicas para la enseñanza.
-          Diversidad en la organización del aula.
-          Interacciones y actitudes positivas.
-          Altas expectativas de todos sus alumnos.
-          Habilidades en el manejo del aula.
-          Uso de recompensas y sanciones.
-          Proceso de evaluaciones en el aula.
           Los mencionados factores pueden ser considerados en la elaboración de una pauta de observación de aula como dimensiones generales, a las que contextualizadamente se le deben desarrollar sus indicadores.

BIBLIOGRAFIA.
BOLIVAR, A. (2008). Evaluación de la práctica docente. Una revisión desde España. Revista Iberoamericana de evaluación educativa. Consulta: 2 marzo de 2012. Disponible en: http://www.rinace.net/riee/numeros/vol1-num2/art4.pdf
GUTIERREZ CABRERA, E. (2010). Un modelo de evaluación del desempeño docente que contribuye en la mejora de la calidad de los servicios educativos. Congreso Iberoamericano de educación. Buenos Aires. Consultado: 03 marzo de 2012. Disponible: http://www.adeepra.org.ar/congresos/Congreso%20IBEROAMERICANO/EVALUACION/RLE3221Gutierrez.pdf

15 febrero 2012

EVALUACIONES ESTANDARIZADAS DE APRENDIZAJE - SIMCE EN CHILE


El SIMCE es el Sistema Nacional de Evaluación de resultados de aprendizaje del Ministerio de Educación de Chile. Su propósito principal es contribuir al mejoramiento de la calidad y equidad de la educación, informando sobre el desempeño de los estudiantes en diferentes subsectores del currículum nacional, y relacionándolos con el contexto escolar y social en el que ellos aprenden.
Las pruebas SIMCE evalúan el logro de los Objetivos Fundamentales y Contenidos Mínimos Obligatorios (OF-CMO) del Marco Curricular vigente en diferentes subsectores de aprendizaje, a través de una medición que se aplica a nivel nacional, una vez al año, a los estudiantes que cursan un determinado nivel educacional. Hasta el año 2005, la aplicación de las pruebas se alternó entre 4º Básico, 8° Básico y 2° Medio. A partir del año 2006, se evalúa todos los años a 4° Básico y se alternan 8° Básico y 2° Medio. Desde el año 2010 se incorpora la evaluación en 3° Medio del subsector Inglés.
Además de las pruebas asociadas al currículum, el SIMCE también recoge información sobre docentes, estudiantes y padres y apoderados a través de cuestionarios de contexto. Esta información se utiliza para contextualizar y analizar los resultados de los estudiantes en las pruebas SIMCE

En este sentido, diremos que las principales asignaturas de medición de este instrumento son aquellas fundamentales del currículum chileno y con mayor relevancia en Lenguaje y Comunicación y Educación Matemática.

A partir de esto, este sistema estandarizado de medición se plantea una serie objetivos más particulares que dicen relación con monitorear la efectividad del sistema educativo y diseñar políticas pertinentes; evaluar la utilización de recursos; y detectar sectores más débiles y diseñar estrategias correctivas.

A la luz de lo señalado me permitiré ser lo suficientemente crítico para discrepar en relación  a las finalidades y beneficios de este proceso.

En primer término, es dable señalar que la sigla SIMCE es muy pertinente para lo que en la práctica se realiza, porque  efectivamente “mide” aprendizajes de contenidos, relegando a un segundo plano aprendizajes competenciales, con lo cual pudiéramos dudar si con esa información se pueden tomar decisiones para la mejora de la educación, en términos de aprendizajes efectivos en concordancia con los objetivos generales de la educación chilena de cara al futuro.

Aclarando algunas afirmaciones anteriores y poniendo en contexto este sistema de medición, afirmaremos que las principales características de esta prueba radican en que son estándar a nivel país, contraponiéndose a la ideología de descentralización y fortalecimiento de la diversidad personal y sociocultural pregonada en las última décadas en Chile, por tanto carecen de contextualización; mide mayoritariamente conocimientos conceptuales, excluyendo, en gran parte, los procedimentales y actitudinales y las competencia básicas transversales; se desconocen mayoritariamente su estructura, preguntas e ítemes.  En este sentido coincidimos con el estudio de Eyzaguirre, B. y Fontaine, L (1999,6) donde manifiestan que …ocultar o retener la información sobre el contenido de las pruebas resulta contraproducente, pues esa información es condición necesaria para que los profesores puedan mejorar o al menos focalizar mejor su enseñanza. Esto, se contradice con una apolítica de transparencia y claridad de los enfoques de medición.

De acuerdo a lo anterior, afirmaremos que el SIMCE en nada comulga con el mejoramiento de la educación y carece de proyección benéfica, ya que no se enfoca en  potenciar las habilidades que exige la vida real y futura, es decir, evalúan aspectos irrelevantes de la formación de los alumnos.

Producto de estos aspectos característicos las escuelas y liceos han sido arrastrados inexorablemente a ser instituciones dependientes del SIMCE, ya que año a año muchos de los criterios organizativos y curriculares descansan sobre la base de implementar estrategias que permitan “rendir un buen SIMCE”, ya que esta medición se ha transformado en el gran referente que clasifica a las escuelas, tal como quedó demostrado con la decisión de semaforizar las escuelas según los puntajes obtenidos. Así, de sus resultados va a depender  si una escuela en muy buena, buena, regular o mala, con la consecuente estigmatización de ellas por la crítica pública a raíz del alto impacto mediático que se alcanza .

Como consecuencia de lo anterior, todo esto ha ido decantando en que las escuelas deban doblar sus esfuerzos para alcanzar los estándares de efectividad cuantitativos a través con la implementación de horas exclusiva de preparación y entrenamiento de los alumnos, sumar gastos adicionales en recursos, desatender otras asignaturas y privilegiar contenidos que supuestamente contemplará la prueba en desmedro de otros. De este mismo modo, esto ha ido provocado la categorización de las escuelas, la “profesionalización de docentes expertos en SIMCE”,  el estimulo hacia la competitividad entre ellas y la  instalación de una cultura la selección del alumnado, propiciando el desapego a la inclusión y a la equidad.

Por ello, podemos afirmar que esta medición no es un indicativo real acerca de lo que los alumnos saben, ya que en concordancia con Eyzaguirre, B. y Fontaine, L (1999, 7-8) creemos que… que las pruebas de evaluación alcanzan su máximo potencial de utilidad sólo cuando forman parte de un sistema coherente,  con metas educacionales claras y bien especificadas, donde hay una adecuada y transparente comunicación acerca de los objetivos de la medición, las características del instrumento y los resultados obtenidos, y complementación con otros métodos para asegurar la calidad del sistema.

Hoy en día podemos observar dicotomías muy diáfanas que se contraponen a este proceso, por cuanto por un lado  se intenta que el aprendizaje y la  enseñanza sean en base al desarrollo de competencias, y por otro, el SIMCE privilegia la medición de  saberes. En este sentido, la presencia de este divorcio es una evidencia clara de una incoherencia que aleja la credibilidad de la información obtenida.

Creemos que una alternativa de mejoramiento a este sistema de medición es transformarlo en una efectiva  evaluación de  competencias, pero con unos criterios de descategotización, transparencia, contextualización y coordinación que garanticen inequívocamente que lo que se quiere evaluar es lo efectivamente se evaluará.


REFERENCIA BIBLIOGRAFICA

Eyzaguirre, B. y Fontaine, L. (1999). ¿QUÉ MIDE REALMENTE EL SIMCE?. Centro de estudios públicos. Chile. Consulta: 14 febrero de 2012. Disponible en: http://www.simce.cl/fileadmin/publicaciones-BD-simce/rev75_eyzaguirre.pdf



31 enero 2012


ENSEÑANZA Y APRENDIZAJE POR COMPETENCIAS. COHERENCIA DE LA EVALUACION

                                                                                                                                 Claudio Barrientos Piñeiro
En todos los ámbitos de la vida y en más momentos de los que nos podemos percatar, realizamos reflexiones y emitimos juicios valorativos, que indistintamente de la edad o condición educativa es común a todo ser humano.
En este sentido, es dable asegurar que esta reflexión es un proceso evaluativo informal, inseparable de nuestra condición, aunque en este sentido se trata generalmente de juicios de  satisfacción.
En el ámbito de la educación, y de manera mucho más prolija y formal, encontramos una serie de enfoques, formas y principios de llevar a cabo este proceso, tanto desde una evaluación institucional, de programas educativos, de formación docente, proyectos, actividades educativas, clases, etc. De este modo, la razón de ser de este tipo de evaluaciones tiene que ver directamente con los grandes fines de la educación, orientada a la búsqueda del mejoramiento continuo de la calidad de la enseñanza.
De esta manera, al poner como foco de atención la evaluación de los aprendizajes, cobra relevancia automática la forma en qué, cómo, cuándo y con qué evaluaremos sus alcances y progresiones. A partir de esto, debemos ser consientes que no ha sido fácil encontrar consensos sobre cuál debe ser la mejor forma de plantearlo y llevarlo a cabo. Sin embargo, múltiples  investigaciones de expertos nos situarán en un lugar de referencia desde donde poder enfocar nuestra acción docente.
En relación a los aprendizajes, hace bastante tiempo ya se ha planteado que la sola adquisición de conocimientos disciplinares por sí mismos no son suficientes para poder desenvolvernos en esta sociedad, principalmente por todo lo que ha conllevado los avances de los medios tecnológicos y de comunicación. Desde hace más de una década esta mirada se ha puesto en el desarrollo de competencias, entendidas como el conjunto de saberes, habilidades, actitudes y valores que se articulan en la acción, en contextos determinados, para dar respuesta a la resolución de problemas a lo largo de la vida.
Sin embargo, y tal como lo plantea Perrenoud (2008), aún existe dos posiciones antagónicas acerca de lo que es más conveniente privilegiar en la enseñanza. Por un lado los que manifiestan que no se pueden dejar de promover los saberes y conocimientos emanados de los contenidos disciplinares, y por otro, los que plantean que se debe privilegiar el desarrollo de competencias, y que  ambas posiciones son complementarias y dependientes unas de otras ya que necesariamente para  desarrollar competencias se deben movilizan saberes.
A raíz de lo planteado anteriormente, este tema ha sido de mucha discusión en el mundo académico y profesional docente, pero nosotros nos posicionamos en el convencimiento de que el segundo planteamiento es un enfoque adecuado por el  que se debieran guiar los horizontes de la educación.
Sin embargo, al situarnos en la evaluación de los aprendizajes por competencias, desde la educación parvularia hasta la universidad, es posible detectar incongruencias didácticas y técnicas que afectan este proceso. Es fácil observar la existencia de un puente roto entre elementos claves de la enseñanza, el aprendizaje y la propia  evaluación.
En este sentido, si visualizamos que el proceso enseñanza–aprendizaje está compuesto por varios eslabones que sincronizan su proceder, podremos fácilmente entender la lógica de lo que queremos plantear. De esta forma, nuestro punto de partida será un enfoque constructivista de la enseñanza y el aprendizaje por competencias.
De esta manera planteamos que todas las fases del proceso de enseñanza debe ser coherente, partiendo desde el momento de la planificación. Ésta, alineada congruentemente con las metodologías que se utilizarán en el aula. No será posible desarrollar competencias si se aplica una didáctica rígida, jerárquica, academicista, con un foco exclusivo en los contenidos y de actuación pasiva de los estudiantes. Esto, restringirá las opciones de participación de los alumnos obstaculizando el desarrollo de actividades enfocada al fortalecimiento de conocimientos, procedimiento y actitudes, que conjugarán la formación de dichas competencias con una significación más poderosa.
En esta misma línea de coherencia es preciso que se coordinen y articulen procedimientos que unan adecuadamente las metodologías aplicadas con la evaluación de los aprendizajes. Sería un error enseñar académicamente y evaluar competencias o trabajar descripciones y análisis y evaluar conocimientos.
En este sentido será importante tener en cuenta tres elementos fundamentales: Las técnicas e instrumentos a utilizar en la evaluación, la forma y los momentos de aplicación de los mismos.
En el primero caso Cano (2008) nos plantea que la evaluación por competencias nos obliga a utilizar una diversidad de instrumentos y a implicar a diferentes agentes. Ante ello, los docentes debemos estar a la altura de esta formación para conocer y aplicar adecuadamente estos instrumentos. En la misma idea, pero en relación a la forma de aplicación de ella, la misma autora señala que puede hacerse por parte del profesorado, por parte de los compañeros o por parte del propio estudiante (o por todos ellos, en un modelo de evaluación de 360º), pero en cualquier caso debe proporcionar información sobre la progresión en el desarrollo de la competencia y sugerir caminos de mejora (Cano, 2008; 10). De acuerdo a lo planteado, un aspecto esencial en este tipo de evaluación será que el propio estudiante se involucre con sus avances y se haga parte de este proceso de construcción de su propio conocimiento.  Por otro lado, se debe priorizar la realización evaluativa en diversos momentos, de tal manera que nos entregue suficiente información para un diagnóstico, proceso y al final de trabajo, otorgándole una importancia trascendental al feedback continuo que debe ser el núcleo de la construcción personal del conocimiento.
De esta forma, utilizar como técnica evaluativa proceso una autoevaluación, heteroevaluación, coevaluación, evaluación colaborativa, entre otros, serán procedimientos muy adecuados para que efectivamente se pueda ir  construyendo nuestro conocimiento y desarrollando competencias para la acción comunicacional y técnicas como: leer, escribir, observar, comparar, calcular, anticipar, planificar, juzgar, evaluar, decidir, comunicar, informar, explicar, argumentar, convencer, negociar, adaptar, imaginar, analizar, comprender, entre muchas otras, que permitirán a los estudiantes adquirir herramientas claves para ir entendiendo el mundo y solucionando problemas simples, complejos y concretos al que diariamente hay enfrentarse.
Finalmente, es preciso mencionar nuestro acuerdo con Cano (2008), quien concluye que la evaluación ha de hacer más conscientes a los estudiantes de cuál es su nivel de competencias, de cómo resuelven las tareas y de qué puntos fuertes deben potenciar y qué puntos débiles deben corregir para enfrentarse a situaciones de aprendizaje futuras. (Cano, 2008; 10). De esta manera se propenderá a cimentar en los estudiantes una conciencia asertiva acerca de que el aprendizaje es un camino de construcción de toda la vida.

BIBLIOGRAFIA.

Cano, E. (2008). La evaluación por competencias en la educación superior. Profesorado. Revista de currículum y formación del profesorado, 12, 3. Consultado el 31 de enero de 2012. http://www.ugr.es/~recfpro/rev123COL1.pdf

Perrenoud, Ph. (2008). Construir las competencias. ¿Es darle la espalda a los saberes?. Revista docencia Universitaria. Consultada el 31 de enero de 2012. http://www.riic.unam.mx/01/02_Biblio/doc/CONSTRUIR%20LAS%20COMPETENCIAS%20perrenoud.pdf

16 enero 2012

LA ETICA EN LA EVAULACION DE LOS APRENDIZAJES

       EL PODER Y LA OBEDIENCIA EN LA EVALUACIÓN DE LOS APRENDIZAJES
Claudio Barrientos Piñeiro
            La evaluación de los aprendizajes siempre ha sido uno de los elementos relevantes y centro de atención en los procesos educativos, por parte de docentes y académicos, y uno de los aspectos controversiales en relación a su enfoque aplicativo, tanto en su diseño como en su momento de análisis de los resultados.
A raíz de estas controversias, y nuevas investigaciones, es que este proceso ha ido sufriendo una evolución lenta y progresiva, acotada por reflexiones de largo recorrido histórico de muchos profesionales y educadores. Desde Stufflebeam y su mirada positivista de la evaluación, con el foco centrado en las conductas observables susceptibles de ser medidas, hasta hoy en día con Robert Stake y su propuesta de evaluación respondente, Parlett y Hamilton con su visión Iluminativa y Mc Donald con la evaluación democrática de mirada interpretativa, por nombrar algunos.
            En la medida que esta evolución se ha ido desarrollando, lo propio ha sucedido con sus marcos éticos de aplicación que la guían y la sustentan. Por ello diremos que desde los principios orientadores de la deontología, se han ido regulando las conductas docentes, y de todo evaluador, para adecuarse a ciertas normas de comportamiento acorde con  la naturaleza de la posición evaluativa que aplican.
            En una reflexión, Santos Guerra (1999) nos manifiesta que la evaluación educativa es un fenómeno habitualmente circunscrito al aula, referido a los alumnos y limitado al control de los conocimientos adquiridos a través de pruebas de diverso tipo. A partir de ella, podemos evidenciar que a pesar de los años transcurridos y  de la evolución acerca de la evaluación de los aprendizajes, se siguen aplicando metodologías centradas exclusivamente en el alumno, sólo en la medición de conocimientos y resultados directos, de forma cuantitativa.

            Lo anterior, nos lleva a poner la atención en dos aspectos relevantes por la cual creo se sustenta este estancamiento del proceso. Por un lado encontramos el poder conferido a la figura de quien evalúa y por otro a la obediencia de quien es evaluado. En este sentido diremos que el poder que detenta el educador en el acto de evaluación está dado por la situación asimétrica que caracteriza la relación didáctica (Pozo: 1996, citado en Ormat, E. 2004) y en todos los niveles educativos formales, confiriéndole al docente la autoridad profesional de ser el constructor y aplicador de procesos de evaluación fundamentado en las competencias que posee para ello.  

Este poder conferido, superpone al docente a un rango jerárquico de autoridad con la cual es el supremo manipulador del proceso, en el que se confía que lo realizará con justicia, equidad y beneficencia. En otra instancia,  el nivel cognitivo del mismo, frente a un estudiante en proceso de maduración, formación y aprendizaje, le asigna una nueva mirada que se sintetiza por la aceptación sumisa a que todo lo realizado por el docente es adecuadamente correcto y no hay forma de poder rebatirlo. De allí la génesis de la actitud del evaluado que se convierte en un ser pasivo y sumiso, receptor y hacedor de cosas bajo la órdenes del evaluador.  En este sentido, es de importancia radical la orientación de este aspecto de una forma más horizontal, justa y participativa, toda vez que el poder conferido en una situación tan desigual se corre el riesgo de caer en la antiética. Pero igualmente se cae en un fenómeno similar cuando es el profesor quien debe asumir, de forma sumisa y obligada ciertas imposiciones dadas a través de normativas y ordenanzas directivas para aplicar ciertos criterios, formas y adecuaciones a su sistema evaluativo. En este sentido, el profesional no puede desdecirse de la responsabilidad que le compete en una situación de esa naturaleza.

En esta misma idea, y a todas luces, la evaluación es un proceso vulnerable de ser inadecuadamente manejado, sea esto con intención u omisión, por cuanto se corre el riego de que pierda su calidad benefactora si se utiliza con unos criterios deficientes. En cualquiera de los dos casos, ello no exime al docente de su responsabilidad ética en estos procedimientos.

Por otro lado, hoy sabemos que, su aplicación óptima nos aporta información valiosa para tomar decisiones de mejora, que nos permitan emitir juicios de valor que propendan a la mejora continua de los estudiantes. Si esta concepción pedagógica no se considera, se cae en situaciones que llevarán al docente al abuso de control, de exceso de medición, discriminación y etiquetado de los alumnos. De esta manera, el incumplimiento ético se sobrepasa por no adecuarse a los lineamientos pedagógicos pertinentes con los fines  del proceso enseñanza aprendizaje, orientados  a la formación y desarrollo de competencias de los estudiantes.
     En otra dimensión, debemos considerar que la evaluación no sólo le otorga al docente poder ante los alumnos, sino que también ante las familias, ante lo cual se pueden obtener beneficios personales que amplifican la discriminación y las injusticas. Situaciones de vida en este sentido hay muchas, que se pueden ejemplificar en atenciones con pequeños obsequios hasta incluso favores sexuales. Ello puede marca la diferencia entre aprobar o reprobar, ya que los padres igualmente tienen la capacidad de poder influir en las conductas evaluativas de los profesores sobre sus hijos.

Antes este delicado escenario, es conveniente tener la claridad necesaria para aplicar instrumentos y procedimientos objetivos al servicio de los reales fines de la educación, asumiendo la responsabilidad con criterios profesionales y personales serios. Con esto queremos decir que debemos ser sumamente cautelosos en no sobrepasar los límites del poder conferido por el acto de evaluar, que sea un proceso participativo con foco en los procesos y realizando las retroalimentaciones de todo y para todos, dentro del marco ético correspondiente, ya que ello redundará en mejores resultados.


REFERENCIAS BIBLIOGRAFICAS.
Guerra, S. (1999). Evaluación educativa. Un proceso de diálogo, comprensión y mejora. Argentina. Editorial Magisterio del Río de La Plata.
Ormart, E. (2004). La ética en la evaluación educativa. Publicación en línea. Granada (España). Año II Número 3. Julio de 2004. Consultada el 11 de enero de 2012. http://www.ugr.es/~sevimeco/revistaeticanet/numero6/Articulos/Formateados/7La.pdf

02 diciembre 2011

DECRECIMIENTO Y ECOFORMACION: LOS VALORES HUMANOS PARA UNA SOCIEDAD SALUDABLE.


            El mundo actual necesita que intentemos hacer un esfuerzo de poner una mirada y una acción distinta en las cosas. Son muchas las situaciones que hoy nos evidencian que estamos frente a una complicada existencia, que poco ha poco nos va envolviendo y  arrastrando hacia un debilitamiento de los fundamentos valóricos de la humanidad y el agotamiento del planeta.
            Por lo anterior, creo pertinente hacer un pequeño análisis de nuestro actual momento social y poderlos enlazarlos con el rol que le compete a la educación para implementar, en su proceso,  una formación más conciliadora entre el ser humano y su mundo.
Un aspecto fundamental que creo debemos entender es que el planeta es la gran casa que cohabitamos y donde pasamos nuestra existencia en dependencia con la naturaleza, que es la que nos facilita los recursos para sobrevivir y desarrollarnos. A su vez, esta coexistencia se resuelve con interdependencia en una sociedad de la que no podemos abstraernos. Somos seres sociales y por tanto no podemos vivir aislados. Para poder evolucionar y desarrollarnos dependemos de las relaciones sociales y  la dinámica social.
            Como consecuencia de esta estrecha relación, ya desde nuestra concepción humana, iniciamos el camino en la lucha diaria por lograr el máximo de bienestar posible, que nos permita desarrollarnos como personas y cumplir nuestros proyectos de vida. Con esa idea preconcebida, la gran mayoría del colectivo humano buscamos ese bienestar, principalmente, a través de nuestro crecimiento económico y material para poder Ser y tener más. De esa manera, sólo pensamos que esa  es la  única forma posible de vivir “bien”. En este sentido, nuestro bienestar general está ligado exclusivamente al crecimiento. Decimos y creemos que necesitamos tener más bienes y aspirar a mejores servicios como garantías de una vida plena y de felicidad.
Con esta ideología y las consecuencias que subyacen, se exige inexorablemente ir por la vía del crecimiento ilimitado, en el sentido amplio del concepto, para satisfacer cada vez más las innumerables e ilusorias necesidades que creemos requerir para ese fantasioso “vivir bien”. De esta forma, vamos ampliando desmedidamente la explotación de los recursos disponibles en la naturaleza, base fundamental de materias primas,  sin dar el tiempo necesario para su renovación o uso racional.
 A partir de estas concretas evidencias se ha comenzado a acuñar, desde hace un tiempo, el concepto de decrecimiento, que como podemos deducirlo del concepto es posible afirmar que es una acción contraria al crecimiento. Y claro que lo es, pero no se opone al crecimiento, sólo le pone límites. Según ello, Serge Latouche (2011), cree que es la vía para evitar la crisis global, el colapso de la sociedad a la que nos dirigimos inexorablemente, a causa de ese crecimiento exponencial que está agotando los recursos limitados de nuestro planeta. En este sentido, de no tener una cultura de decrecimiento que limite o regule la explotación y usos desmedido de los recursos éstos se acabarán, no quedando lo suficiente para las nuevas generaciones. Debemos generar una cultura del consumo responsable.
Los actuales acontecimientos sociales y naturales están destruyendo el planeta. Así lo demuestra  la inclinación al consumismo desmedido, el asedio de la publicidad por adquirir lo que no se necesita, la vida competitiva, la lucha de poderes, la industria desechable que utiliza cada vez más materias primas, las guerras, la destrucción ambiental, los desastres naturales, entre otros. Todos comulgan para que el proceso de relación humana y medio ambiente se distancie y se destruya.
Por otro lado, es absolutamente palpable que la actual forma de crecimiento económico neoliberal no se condice con el discurso de la cohesión y justicia social por la cual se funda. Es evidente el enorme divorcio ente crecimiento y desempleo, entre desarrollo y pobreza, ya que las desigualdades a nivel mundial siguen aumentando en vez de declinar. En esta línea, los reducidos grupos económicos han acaparado el poder y el control de la situación mundial, instalando este neoliberalismo cimentado en políticas macroeconómicas  que pretendían ser la solución a las problemáticas sociales, cosa que no ha ocurrido.
Vivimos en una sociedad cada vez más globalizada e industrializada que ya ha instalado la intercomunicación planetaria. La mayoría de los países del mundo, y por ende sus ciudadanos, somos cada vez más dependientes y estamos a merced de los conflictos y movimientos económicos. Un ejemplo claro en este sentido es la  actual crisis económica europea que golpea a los mercados mundiales, tal como lo fue la crisis asiática en su momento, y qué decir de las guerras de las últimas décadas, que han desestabilizado la economía mundial, además de haber empobrecido y destruido los pueblos y enriquecido a los abastecedores.
Esta mundialización, si bien es cierto nos ha traído algún pequeño beneficio, lo medular es que está provocando devastadores perjuicios, directamente relacionados con la explotación de los recursos naturales, la contaminación  del planeta y el debilitamiento sociocultural de la sociedad.
Ante esta situación ya se han alzado voces de alerta que nos están invitando a replantear nuestro actuar social para  promover un  cambio de actitud, una nueva forma  de pensar y hacer; una nueva filosofía de vida que  apueste por un cambio de visión con respecto al crecimiento económico, industrial, mercantil y patriarcal de nuestra sociedad. En este sentido, el decrecimiento nos propone poner ciertos límites al crecimiento y al consumismo, a través de la formación de una sociedad que se plantee reducir los niveles de consumo, utilizando cosas que sean realmente útiles y que valore VIVIR MEJOR CON MENOS.  
En este escenario de anarquía y mezquinos intereses la educación, y no solamente la institucionalizada, entran a jugar un rol fundamental, por cuanto es el medio adecuado para buscar y potenciar ese cambio de actitud social al que nos invita la cultura del decrecimiento. De esta forma, Moraes (2010) nos da luces para poner la atención en la ecoformación, un concepto que va más allá de la educación ambiental, al recalificarla como formación humana permanente, siendo así, no solamente un proceso educativo de formación para el trabajo, sino un proceso mediado por la relación ser humano/ambiente natural y social. Y luego nos dice que la formación es algo mucho más amplio y complejo que el aprendizaje o lo puramente cognitivo o instructivo, puede adquirirse por medio de la acción en y sobre un contexto o medio social, natural, político o cultural determinado.
Sin dejar de darle la importancia que merece a la formación cognitiva basada en competencias, creo que es un  camino correcto y que hay que sumar fuerzas para instalar esta conciencia educativa. Siento que es una posición ideológica adecuada para hacer frente a los actuales disvalores sociales imperantes, que en nada están contribuyendo al bienestar social.
Sin retractarme de lo anteriormente planteado y siendo muy cauteloso, doy algunas  vueltas en el cómo podemos enfrentar, desde nuestro ámbito, la acción para lograr un cambio de paradigma. Luego, me convenzo que la escuela es el lugar ideal, es allí el escenario perfecto donde debemos acrecentar los valores humanos de las nuevas generaciones para que se promueva la solidaridad, la justicia, equidad, la honestidad, el bien común y la sostenibilidad. Es allí donde debe comenzar a nacer esta nueva sociedad, con capacidades de ver y vivir con nuevas formas en el Ser y el Hacer, muy distintas a las fallidas y nefastas formas de hoy.
El llamado de este movimiento en la educación es a instalar estrategias de ecoformación orientadas a una ecopedagogía que valore la calidad y no la cantidad; en  Ser y no poseer; en la inclusividad y no la exclusividad; la diversidad y no la uniformidad; la participación y no la jerarquía; la colaboración y no la competencia, lo natural y no lo artificial. Para esto, de igual forma es la escuela la llamada a evolucionar y a adecuarse a estos nuevos requerimientos a través de la implementación de Proyectos Educativos socialmente pertinentes y con alto sentido eco-humanitario.
De acuerdo a lo anterior, Saturnino de la Torre (2007) precisa que la ecoformación, es una manera de buscar el crecimiento interior a partir de la interacción consciente con el medio humano y natural, de forma armónica, integradora y axiológica. Se propone ir más allá del individualismo, del cognitivismo y utilitarismo del conocimiento. Parte del respeto a la naturaleza (ecología), tomando en consideración a los otros (alteridad) y trascendiendo la realidad sensible (transpersonalidad). Fomenta la cooperación y entornos colaborativos frente a la competitividad, crea “escenarios” de intercambio y diálogo, propicia ambientes agradables de trabajo y estrategias dinámicas, flexibles, retadoras, como los entornos virtuales que tanto atraen y motivan a la juventud.
Sin duda que el planteamiento de esta reflexión,  y su puesta en práctica, nos situará en una mirada más integradora y humanizadora de la educación. A su vez nos lleva a repensar nuestras prioridades y a realizar una serie de cambio de hábitos orientados a prescindir de cosas innecesarias y con ello acercarnos paulatinamente en la consecución de bienestar de una sociedad planetaria que pueda garantizar mejores condiciones vitales para las generaciones futuras y propiciar reales valores humanos.

CLAUDIO BARRIENTOS PIÑEIRO